Yo escribiendo un cuento? Sí, raro de mí, pero a veces me toca cambiar. (aunque no me salga del todo bien). No es la gran cosa, pero bue, tampoco es tan malo (ustedes dirán)
Ahora se encontraba en el banco de una plaza. La tranquilidad invadía el lugar, no había nadie más que él; eso era lo que creía.
Se encontraba muy callado, pensativo. Se veía reflexión dentro suyo, como una preocupación constante. Se miraba las manos, las observaba con detenimiento, con asco, pretendía que no fueran suyas. Las sentía ajenas a él, no las aceptaba, quería despegarse de ellas.
Se levantó de su asiento incorporándose en el verde. Daba pasos cortos pero a su vez precisos. Algo misterioso se hallaba en él. Constantemente miraba hacia todas las direcciones para asegurarse de que no había persona alguna en el lugar, para comprobar q la soledad era su única amiga. Ella, sin embargo, lo seguía. Él no lo percibía pero lo acompañaba todo el tiempo. Era su oyente, su espectadora, la que compartía cada momento.
De repente un mar de lágrimas brotó de sus ojos, un suceso inesperado. Ese engendro que parecía tan despreciable, tan frío y sin remordimientos también sentía, también sufría.
Se reprochó un par de cosas, se maldijo y comenzó a pegarse. Finalmente cayó en el húmedo pasto y continuó revolcándose en el forraje. Volvió a mirarse las manos, aquellas que se encontraban plagadas de sangre, de una tinta roja que en su interior llevaba varios nombres puestos. Nombres de personas inocentes que ya no estaban allí; se había encargado de desaparecerlas.
Su acompañante estaba soportando esa lamentable e innecesaria escena, pensando qué sería también de su futuro. Cómo obraría él y qué decisión tomaría por los dos. La respuesta se manifestó de pronto ante sus ojos. Un cuchillo nació del bolsillo del asesino, uno previamente usado (se notaba por la cantidad de sangre que lo bañaba) e inesperadamente el arma fue clavada con convicción en su corazón.
Se perdió en ese pacífico paisaje, para siempre. Ella quedó inmóvil a su lado. Su muerte llegaría pronto también. Sintió su final. Ahora existía, sí, todavía lo hacía, pero prontamente su figura, su lobreguez, su imagen desaparecerían. Ya no seria su sombra, aquella que lo escoltaba, aquella que lo perseguía, su fiel compañera. Ya esa sombra se habría esfumado.
Jez
Ahora se encontraba en el banco de una plaza. La tranquilidad invadía el lugar, no había nadie más que él; eso era lo que creía.
Se encontraba muy callado, pensativo. Se veía reflexión dentro suyo, como una preocupación constante. Se miraba las manos, las observaba con detenimiento, con asco, pretendía que no fueran suyas. Las sentía ajenas a él, no las aceptaba, quería despegarse de ellas.
Se levantó de su asiento incorporándose en el verde. Daba pasos cortos pero a su vez precisos. Algo misterioso se hallaba en él. Constantemente miraba hacia todas las direcciones para asegurarse de que no había persona alguna en el lugar, para comprobar q la soledad era su única amiga. Ella, sin embargo, lo seguía. Él no lo percibía pero lo acompañaba todo el tiempo. Era su oyente, su espectadora, la que compartía cada momento.
De repente un mar de lágrimas brotó de sus ojos, un suceso inesperado. Ese engendro que parecía tan despreciable, tan frío y sin remordimientos también sentía, también sufría.
Se reprochó un par de cosas, se maldijo y comenzó a pegarse. Finalmente cayó en el húmedo pasto y continuó revolcándose en el forraje. Volvió a mirarse las manos, aquellas que se encontraban plagadas de sangre, de una tinta roja que en su interior llevaba varios nombres puestos. Nombres de personas inocentes que ya no estaban allí; se había encargado de desaparecerlas.
Su acompañante estaba soportando esa lamentable e innecesaria escena, pensando qué sería también de su futuro. Cómo obraría él y qué decisión tomaría por los dos. La respuesta se manifestó de pronto ante sus ojos. Un cuchillo nació del bolsillo del asesino, uno previamente usado (se notaba por la cantidad de sangre que lo bañaba) e inesperadamente el arma fue clavada con convicción en su corazón.
Se perdió en ese pacífico paisaje, para siempre. Ella quedó inmóvil a su lado. Su muerte llegaría pronto también. Sintió su final. Ahora existía, sí, todavía lo hacía, pero prontamente su figura, su lobreguez, su imagen desaparecerían. Ya no seria su sombra, aquella que lo escoltaba, aquella que lo perseguía, su fiel compañera. Ya esa sombra se habría esfumado.
Jez

1 Comments:
Me gustó mucho!!! Muy bueno... da para imaginarse toda una historia detrás de la que vos contás... muy bueno. Aplausos, reverencias, felicitaciones =)
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