Este nació de un sueño muy raro que tuve hace unos meses. Salú.
"La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
Eduardo Galeano
La meta quedaba cerca. No faltaba tanto.
Ellos empujaban mi carrito mientras yo daba pedal si parar. El aire era seco y frío. El sol gélido.
Al final, en un costado de la carretera paramos el carrito hecho de chapas y corrimos. Se podían ver las enormes puertas. El aire se llenó cada vez más de vapor blanco, que salía de entre las bufandas.
No queríamos quedarnos atrás, teníamos que llegar juntos.
Después de unos minuto de correr por el empedrado mojado vimos las inmensas colas de gente, como largas serpientes color oscuro y lunares color carne. Solo la mitad de sus cabezas se veía. Lo demás dentro de capas y capas de ropa.
- Va a estar difícil llegar a la puerta.
- ¿Y si nos colamos?
- No. Vamos a hacer la cola. Como todos.
Y me fui acercando a la gente. Estaban algunos muy tranquilos, otros impacientes, gritando, puteando, llorando. Los había con niños, ancianos, niños solos, enfermos...
- ¿Y a dónde vamos?
- Disculpe señora.... Estamos buscando la cola a la felicidad.
- Sí, m’hija. Todas estas colas son para entrar a la felicidad.
- ¿Y porqué hay tantas?
- Porque, además, hacemos cola por otras cosas, opciones que elegimos para llegar. Ésta es la más larga.
- ¿Qué cola es esta?
- La cola de la Resistencia. Allá hay lío, porque se mezclaron los de Resignación.
Me puse en puntas de pie y miré hace adelante, unos cuantos metros adelante, donde algunos hombres discutían. Fuimos acercándonos.
- ¿Y usted se piensa que yo tengo tiempo que perder acá, don? Tengo a mi familia en la cola y le puedo asegurar que por aquí corre Resistencia.- gritaba uno, gordito y de baja estatura. El otro, un hombre corpulento y alto tomó a su esposa y se la llevó de allí.
- ¿¡Qué se creen que son!?- iba gritando.- Vamos, querida, busquemos otro lugar...
Nosotros seguimos recorriendo las distintas colas, eligiendo. Empecé a ver que cada cual tenía ideas distintas pero no querían separarse. Sin embargo yo no podía encontrar la cola perfecta... quizá no la hubiera.
Intentaban convencerme de que me quedara con ellos. Pasamos por distintas colas... la de la Meditación, la de el Desenfreno.... no podía quedarme. Necesitaba algo más, lamentaba no poder hacer varias colas.
De a poco, ellos fueron quedándose en las distintas colas y, con lástima, pararon de caminar y me vieron seguir. Sabía que no quedaban tantas opciones, ya estaba llegando a la última cola... la cola de la fe en Dios.¿Y ahora qué hago? Pensé.
Rodeando la masa de gente había un enorme bosque de robles y, en un claro que quedaba sobre una pequeña colina, un grupo de gente discutía acaloradamente. Decidí acercarme.
Formaban rondas, grupos de gente totalmente heterogéneos. Me acerqué a uno de ellos que parecía estar constituido por hippies, hombres de negocio de traje y corbata, monjas, curas, etc.
- ... no pienso perder más tiempo discutiendo esto. Para mí la mejor opción es la Competencia....- dijo uno de los hombres de traje.
- Lamento decepcionarte... me voy a unir al Movimiento por el Poder para el Pueblo...- dijo una muchacha, la del grupo de los hippies, agarró a su novio de la mano y salió con él rumbo a la masa de gente que hacía cola.
- Está claro a donde vamos nosotras, ¿verdad?- dijo una de las monjas.- Hermanas, les ruego me sigan y... padre, ¿usted viene?
- ¿No cree que su alma no encontrará rumbo en ese mundo frío y superficial por el que piensa transitar?- inquirió el cura al que había manifestado su opinión por la Competencia.
- Padre, siga a las monjas a su caminito... nosotros tenemos cosas que hacer. Vamos...- y se fue con su grupo de gente de traje mientras el cura seguía a las monjas. Creo que se acordó que yo seguía allí y se dio vuelta.
- ¿A dónde va usted?
- Todavía no sé.- dije.
- A veces una sola opción no basta, ¿verdad?.-
Negué con la cabeza.
- No se puede hacer varias colas a la vez.- dije.
- Es cierto. Bueno... le deseo suerte. Y si nos vemos allí, al llegar, haga el favor de contarme el final de esta historia.
Y se dio vuelta para seguir su grupo de gente.
Al ver alrededor vi que los demás grupos también habían encontrado sus colas hacia la felicidad y que estaba completamente sola en medio del claro. Sentí desasosiego.Pensé en toda esa gente, en los hippies, en los capitalistas de traje y corbata, en los católicos, judíos, evangelistas, mormones, en las familias, los ancianos... todos estaban en la misma, todos querían llegar y, por más que hicieran colas distintas se encontrarían al llegar a las enormes puertas que conducían a la felicidad.
¿Llegarían? Desde aquella altura podía verlos a todos. Un vapor blanco los rodeaba, se frotaban las manos heladas. Y las colas se movían pero nadie llegaba. Entonces me pareció entender algo más, como si el sentido de todo eso acabara de perderse y esa precisamente fuera la solución. Las puertas, adelante, habían desaparecido para mí. Sabía que no iba a llegar... o eso querían hacerme creer. Ellos querían llegar y(en ese momento lo supe) aunque nunca llegaran necesitaban estar en alguna cola como razón de existencia, como forma de participación.
No tuve apuro, sabía que no los iba a encontrar del otro lado de las enormes puertas, sino andando por una misma causa. Todo eso me dio gracia. Empecé a bajar la colina y al pie de ella, cuando ya se oía el murmullo de la gente, paré al pie de un árbol, armé un tabaco y me senté a fumar.
"La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar."
Eduardo Galeano
La meta quedaba cerca. No faltaba tanto.
Ellos empujaban mi carrito mientras yo daba pedal si parar. El aire era seco y frío. El sol gélido.
Al final, en un costado de la carretera paramos el carrito hecho de chapas y corrimos. Se podían ver las enormes puertas. El aire se llenó cada vez más de vapor blanco, que salía de entre las bufandas.
No queríamos quedarnos atrás, teníamos que llegar juntos.
Después de unos minuto de correr por el empedrado mojado vimos las inmensas colas de gente, como largas serpientes color oscuro y lunares color carne. Solo la mitad de sus cabezas se veía. Lo demás dentro de capas y capas de ropa.
- Va a estar difícil llegar a la puerta.
- ¿Y si nos colamos?
- No. Vamos a hacer la cola. Como todos.
Y me fui acercando a la gente. Estaban algunos muy tranquilos, otros impacientes, gritando, puteando, llorando. Los había con niños, ancianos, niños solos, enfermos...
- ¿Y a dónde vamos?
- Disculpe señora.... Estamos buscando la cola a la felicidad.
- Sí, m’hija. Todas estas colas son para entrar a la felicidad.
- ¿Y porqué hay tantas?
- Porque, además, hacemos cola por otras cosas, opciones que elegimos para llegar. Ésta es la más larga.
- ¿Qué cola es esta?
- La cola de la Resistencia. Allá hay lío, porque se mezclaron los de Resignación.
Me puse en puntas de pie y miré hace adelante, unos cuantos metros adelante, donde algunos hombres discutían. Fuimos acercándonos.
- ¿Y usted se piensa que yo tengo tiempo que perder acá, don? Tengo a mi familia en la cola y le puedo asegurar que por aquí corre Resistencia.- gritaba uno, gordito y de baja estatura. El otro, un hombre corpulento y alto tomó a su esposa y se la llevó de allí.
- ¿¡Qué se creen que son!?- iba gritando.- Vamos, querida, busquemos otro lugar...
Nosotros seguimos recorriendo las distintas colas, eligiendo. Empecé a ver que cada cual tenía ideas distintas pero no querían separarse. Sin embargo yo no podía encontrar la cola perfecta... quizá no la hubiera.
Intentaban convencerme de que me quedara con ellos. Pasamos por distintas colas... la de la Meditación, la de el Desenfreno.... no podía quedarme. Necesitaba algo más, lamentaba no poder hacer varias colas.
De a poco, ellos fueron quedándose en las distintas colas y, con lástima, pararon de caminar y me vieron seguir. Sabía que no quedaban tantas opciones, ya estaba llegando a la última cola... la cola de la fe en Dios.¿Y ahora qué hago? Pensé.
Rodeando la masa de gente había un enorme bosque de robles y, en un claro que quedaba sobre una pequeña colina, un grupo de gente discutía acaloradamente. Decidí acercarme.
Formaban rondas, grupos de gente totalmente heterogéneos. Me acerqué a uno de ellos que parecía estar constituido por hippies, hombres de negocio de traje y corbata, monjas, curas, etc.
- ... no pienso perder más tiempo discutiendo esto. Para mí la mejor opción es la Competencia....- dijo uno de los hombres de traje.
- Lamento decepcionarte... me voy a unir al Movimiento por el Poder para el Pueblo...- dijo una muchacha, la del grupo de los hippies, agarró a su novio de la mano y salió con él rumbo a la masa de gente que hacía cola.
- Está claro a donde vamos nosotras, ¿verdad?- dijo una de las monjas.- Hermanas, les ruego me sigan y... padre, ¿usted viene?
- ¿No cree que su alma no encontrará rumbo en ese mundo frío y superficial por el que piensa transitar?- inquirió el cura al que había manifestado su opinión por la Competencia.
- Padre, siga a las monjas a su caminito... nosotros tenemos cosas que hacer. Vamos...- y se fue con su grupo de gente de traje mientras el cura seguía a las monjas. Creo que se acordó que yo seguía allí y se dio vuelta.
- ¿A dónde va usted?
- Todavía no sé.- dije.
- A veces una sola opción no basta, ¿verdad?.-
Negué con la cabeza.
- No se puede hacer varias colas a la vez.- dije.
- Es cierto. Bueno... le deseo suerte. Y si nos vemos allí, al llegar, haga el favor de contarme el final de esta historia.
Y se dio vuelta para seguir su grupo de gente.
Al ver alrededor vi que los demás grupos también habían encontrado sus colas hacia la felicidad y que estaba completamente sola en medio del claro. Sentí desasosiego.Pensé en toda esa gente, en los hippies, en los capitalistas de traje y corbata, en los católicos, judíos, evangelistas, mormones, en las familias, los ancianos... todos estaban en la misma, todos querían llegar y, por más que hicieran colas distintas se encontrarían al llegar a las enormes puertas que conducían a la felicidad.
¿Llegarían? Desde aquella altura podía verlos a todos. Un vapor blanco los rodeaba, se frotaban las manos heladas. Y las colas se movían pero nadie llegaba. Entonces me pareció entender algo más, como si el sentido de todo eso acabara de perderse y esa precisamente fuera la solución. Las puertas, adelante, habían desaparecido para mí. Sabía que no iba a llegar... o eso querían hacerme creer. Ellos querían llegar y(en ese momento lo supe) aunque nunca llegaran necesitaban estar en alguna cola como razón de existencia, como forma de participación.
No tuve apuro, sabía que no los iba a encontrar del otro lado de las enormes puertas, sino andando por una misma causa. Todo eso me dio gracia. Empecé a bajar la colina y al pie de ella, cuando ya se oía el murmullo de la gente, paré al pie de un árbol, armé un tabaco y me senté a fumar.

1 Comments:
Ya lo había leido este!
Me pareció increible, y me encantó la conclusión del final.
Siga así señorita Maru.
Jeza
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